Entre bromistas…

Cierto día el zorro decidió mostrarse generoso y convidar a la vieja señora cigüeña. La cena no fue muy sofisticada-al ser de natural tacaño, no era dado a la alta cocina-; de hecho consistió en unas gachas servidas en un plato llano. En un minuto nuestro bromista había lamido su plato hasta dejarlo limpio; mientras tanto su invitada, tratando de pescar las gachas con el pico, no probó bocado. Para devolverle ésta broma pesada, la cigüeña invito al zorro a cenar a la semana siguiente. “Estaré encantado-replicó-; cuando se trata de amigos nunca me resisto.” En el día señalado se dirigió puntualmente a casa de su anfitrión y comenzó de inmediato a alabarlo todo: “¡Qué buen gusto!, ¡Qué elegancia” y la comida ¡ justo en su punto!”. Después se sentó con un apetito voraz(los zorros están siempre dispuestos a comer) y saboreó el delicioso olor de la carne. Era carne picada y servida-para que le sirviera de escarmiento- en una urna de cuello largo y estrecho. La cigüeña, inclinándose con facilidad, se hartó de comer sirviéndose de su largo pico; sin embargo al tener el hocico, de la forma y tamaño equivocados, el zorro tuvo que volver a su guarida con el estómago vacío, el rabo entre las piernas y las orejas gachas, con el rostro tan rojo como un zorro al que hubiera cazado una gallina. No hagamos a los demás lo que no nos gusta que nos hagan a nosotros.

JEAN DE LA FONTAINE

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